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lunes, 24 de septiembre de 2012

Parlanchín y Parlanchón




Parlanchín y Parlanchón eran un par de calcetines a rayas, que se pasaban la vida discutiendo. A los dos les gustaba mucho hablar y tanto el uno como el otro siempre querían tener razón en todo. Los demás pares de calcetines que había en el cajón les decían que los hermanos deben intentar llevarse bien.

-Me llevaría bien con Parlanchón si respetara el turno, pero él siempre quiere hablar el primero- protestó Parlanchín.

-Porque tú no paras de decir tonterías y me aburres- increpó Parlanchón.

-¡Estoy harto de estar siempre contigo! ¡Ojalá me hubiera tocado otro hermano mejor que tú!- gruño Parlanchín muy enfadado.

Alina abrió el cajón de los calcetines y buscó hasta encontrar a Parlanchín y Parlanchón; eran sus calcetines preferidos y se los ponía en cuanto su mamá los sacaba de la lavadora. Se fue al parque con ellos y cuando llegaron a casa estaban llenos de tierra, por lo que acabaron en el cesto de la ropa sucia. Como estaban muy enfadados no se habían dirigido la palabra en todo el día, ni siquiera se miraron cuando la señora Teresa los metió en la lavadora.

Cuando le sacaron de la lavadora, Parlanchín acabó metido en un cajón desconocido para él, donde todos los calcetines estaban sueltos y desordenados. Miró a su alrededor buscando a Parlanchón, pero no lo veía por ningún lado. Preguntó si habían visto a su hermano, tenía que estar allí mismo, entre los demás calcetines.

-No pierdas el tiempo buscando a tu hermano, aquí sólo entran los calcetines sueltos- dijo un calcetín muy viejo.

-¿Y tú quien eres?- preguntó Parlanchín.

-Soy Carcomido, el calcetín más viejo de este lugar, y sé por experiencia que aquí no hay dos calcetines iguales- explicó Carcomido amablemente.

-Mi hermano y yo somos los calcetines preferidos de Alina, seguramente la señora Teresa se ha equivocado y por eso me ha metido aquí, estoy seguro que vendrá enseguida a buscarme porque Parlanchón debe estar muy preocupado sin mí - farfulló Parlanchín.

-Tu hermano se ha perdido, igual que el mío y el de todos los demás, por eso has venido a parar aquí- contestó Carcomido tratando de que su nuevo vecino entendiera la situación.

-¿Cómo lo sabes? A lo mejor mi hermano me está buscando y el que está perdido soy yo- musitó Parlanchín cada vez más preocupado.

-Este es el cajón de los calcetines sueltos y eso significa que te han guardado aquí por si aparece tu hermano, y si en un tiempo no aparece te tirarán a la basura, ya les ha ocurrido a muchos- argumentó Pomposo que era un calcetín muy listo.

-Eso es verdad, pero la mayoría de las veces la señora Teresa encuentra al hermano perdido y viene al cajón de los calcetines sueltos para llevarse a su gemelo, así que no pierdas la esperanza muchacho- explicó Carcomido intentando animar un poco a Parlanchín, que cada vez estaba más triste.

Parlanchín se sentía muy culpable por haber dicho a su hermano que estaba harto de él cuando se enfadaron. Lo dijo sólo para fastidiarle, pero la verdad era que le quería mucho y empezaba a echarle de menos. Pensó que a lo mejor Parlanchón se había ido para siempre y se puso a llorar desconsoladamente.

El pobre Parlanchón estaba atrapado en un rincón entre la pared y la lavadora, había mucha oscuridad y su hermano Parlanchín no aparecía por ninguna parte. Parlanchón nunca se había sentido tan solo, sabía que en aquél rincón nadie le encontraría en mucho tiempo y sólo de pensarlo se puso a llorar. Echaba muchísimo de menos a su hermano y se sentía arrepentido de haberle dicho que decía tonterías.

-¿Por qué lloras?- pregunto una pequeña araña a Parlanchón.

-Estoy atrapado en este rincón y he perdido a mi hermano, me siento solo y asustado- contestó Parlanchón entre sollozos.

-Yo podría ayudarte- dijo la araña.

-¿Cómo?- musitó Parlanchon.

-Verás, el gato Pinki me persigue cada vez que me ve, e intenta atraparme entre sus garras, pero como soy tan pequeñita nunca lo consigue. Si quieres hago que me siga hasta este rincón- se ofreció la araña.

Parlanchón no entendía muy bien lo que la araña pretendía hacer, pero no quería estar solo y aceptó la ayuda de su nueva amiga. La araña Mina salió del rincón, y al poco rato regresó corriendo que se las pelaba, con el gato detrás de ella lanzando zarpazos; Mina se metió a toda prisa entre la pared y la lavadora, escondiéndose debajo de  Parlanchón, y el gato metió su zarpa intentando atraparla, pero en lugar de eso sus uñas se engancharon en el calcetín. Parlanchón notó las uñas del gato, que lo sacaron volando de aquél rincón. Pinki empezó a juguetear con Parlanchón por toda la casa, hasta que la señora Teresa lo vio.

-Pero ¿de dónde has sacado ese calcetín?, llevo todo el día buscándolo- dijo la señora Teresa al tiempo que recogía a Parlanchón del suelo. Después se dirigió al cajón de los calcetines sueltos y sacó a Parlanchín. Los hermanos al verse de nuevo sintieron una inmensa alegría, y se abrazaron cuando la señora Teresa los unió, doblándolos como hacía siempre.

-Menos mal que volvéis a estar juntos, Alina se disgustaría mucho si pierde sus calcetines favoritos- dijo la señora Teresa mientras los metía en su cajón de siempre.

-Parlanchón siento mucho lo que te dije, estoy muy contento de que seas mi hermano. Pensé que me habías abandonado- confesó Parlanchín.

-Yo también lo siento mucho, nunca me he aburrido contigo y me encanta que estemos siempre juntos, jamás te abandonaría- dijo Parlanchón abrazando a su hermano de nuevo.

-Yo tampoco, no sólo eres mi hermano, además eres mi mejor amigo, te prometo que a partir de ahora respetaré los turnos, y te dejaré hablar un poco de vez en cuando- bromeó Parlanchín.
En el cajón de los calcetines de Alina volvió a reinar la paz parlanchina.

Y naranja, anaranjado este cuento ha terminado… ¿Os ha gustado?
Autora: María Jesús Blanco (Cuchu)
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miércoles, 19 de octubre de 2011

El día de las castañas




Un domingo del mes de octubre amaneció muy soleado. La brujita Estela fue a buscar a su mejor amiga, la burrita Gema.
-Hace un día precioso, ¿te apetece dar una vuelta por el campo?- preguntó Estela a su amiga.
-Siiiiiiiiiiiii, así comeré un poco de hierba fresca. ¡Qué ilusión!-Contestó Gema muy contenta.
A las dos les gustaba mucho disfrutar de la naturaleza. Prepararon unas rebanadas de pan y quesitos para cuando tuvieran hambre, porque aunque Gema pensara comer hierba, la verdad es que el pan con quesito le gustaba muchísimo más. 
Tardaron poco tiempo en llegar al campo, porque vivían en un pueblo que estaba justo al lado. Cuando llegaron al río, la burrita Gema metió sus patas y con el rabo salpicó a Estela.

-¡No me mojes! Mi sombrero de bruja se encoge con el agua y es nuevo- protestó Estela.

-Pero si eres bruja; si se encoge sólo tienes que hacer un hechizo y volverá a su tamaño. ¡Eres un poco gruñona!-contestó gema divertida, pues le gustaba hacer de rabiar a su amiga.

Siguieron su excursión por el campo disfrutando del sol. Las mariposas revoloteaban alrededor de la burrita, y ella corría queriéndolas coger entre risas.

-¡Mira cuantas castañas hay en los árboles!-Exclamó la brujita Estela.

-Son castaños- dijo Gema.

-Ya lo sé sabionda, de los castaños salen castañas- replicó Estela.

Se miraron la una a la otra y dijeron al mismo tiempo ¡vamos a recoger unas cuantas! La burrita por un lado y la brujita por otro, recogían castañas del suelo, ¡había muchas!

-Menudo banquete nos vamos a dar, voy a preparar un gran pastel e invitaré a todo el pueblo-decía Estela entusiasmada.

-Yo me las como asadas, que es como más me gustan, ¡qué ricas!- se relamía la burrita.

A la hora de comer se sentaron al lado del río, a la sombra de un gran árbol, y sacaron el pan con quesito, ¡estaban hambrientas!
Un escarabajo pelotero pasaba cerca de ellas llorando y Gema sintió curiosidad.
-¿Por qué lloras?-preguntó la burrita con interés.

El escarabajo se acercó a ella muy apenado, con la esperanza de que le ayudara.

-Soy Víctor, el escarabajo pelotero más famoso de la zona… mis pelotas siempre han sido las más redondas y grandes, ¡y ahora he olvidado cómo se hacen!- Explicó el escarabajo entre sollozos.

-¿Y por qué te has olvidado de hacer pelotas?- preguntó Estela muy intrigada.

-Porque ayer iba cuesta arriba con una de las más grandes que se haya visto nunca, tropecé y caí rodando; la pelota cayó encima de mí y me golpeó la cabeza… y desde entonces he perdido la memoria, ¡ay de mí!- se quejaba Víctor.

Gema y Estela se miraron, pensando que debían ayudarle, y sin perder tiempo, la burrita cogió unas hierbas que luego entregó a su amiga. La brujita metió las hierbas en su sombrero, añadió una semilla de memoria que llevaba en su bolso de bruja, unos polvos mágicos y pronunció un conjuro. El escarabajo las miraba sin comprender qué estaban haciendo.

-Come- dijo Estela ofreciendo a Víctor las hierbas preparadas en su sombrero.
Víctor masticó aquello que le ofrecía la bruja y en unos segundos, recobró su memoria…

-¡Gracias, mil gracias! Tengo que irme a preparar una pelota muy grande y redonda- dijo Víctor lleno de alegría-. Ah y como veo que lleváis castañas, si vais al Monte Alto, encontraréis muchas más.- Y dicho esto el escarabajo se fue cantando dispuesto a hacer una gran pelota.

Estela y Gema fueron al Monte Alto, que estaba cerca y cogieron muchísimas más castañas… Estela tuvo que sacar una carreta de su bolso de bruja para meterlas todas, y Gema tiraba de ella, para eso era una burrita.

Volvieron a casa a media tarde, cargadas de castañas para un año. Las descargaron en casa de Estela y cuando estaban a punto de guardarlas en la despensa, el señor pimiento vino de visita.

-Hola chicas- dijo el señor pimiento.

-Hola Ramón. ¡Mira cuántas castañas! Haremos pastel para todo el pueblo- dijo Estela muy contenta.

-Bueno haz el pastel para quien quieras, pero yo las quiero asadas- recordó Gema a su amiga.

El señor pimiento cogió una de las castañas y la abrió para comerla…

-Creo que no podréis comerlas- dijo Ramón.

-¿Po qué?- preguntó la burrita Gema.

-Son pilongas- contestó el señor pimiento.

-Pi… ¿qué?-exclamó Estela sin entender.

-¡Pilongas!, están amargas y no se pueden comer, ¿no las habréis cogido en el Monte Alto?, allí todas las castañas son amargas, por eso no las coge nadie- explicó Ramón que entendía mucho de los frutos del campo.

Estela y Gema se llevaron una gran desilusión, ¡todo el día cogiendo castañas! Y ahora no podían comerlas… El señor pimiento se marchó a su casa.

Gema y Estela no sabían qué hacer con tantas castañas pilongas.

-¿Sabes quién se las comerá aunque estén amargas?- dijo Gema.

-¿Quién?- preguntó Estela.

-El cerdo Tusto-. Gema pensaba que al menos servirían para alguien.

-¡No seas burra! ¡Están amargas!-contestó Estela.

-¡Cómo no voy a ser burra si he nacido burra! A Tusto le gustan amargas… en realidad le gusta cualquier cosa- contestó Gema.

Así que al final decidieron regalarle las castañas al cerdo Tusto, que se puso muy contento y a cambio las invitó a cenar una taza de chocolate con pastel de moras.
El día de las castañas había sido muy divertido, porque jugaron en el río, corrieron con las mariposas, disfrutaron del sol, ayudaron a un escarabajo, aprendieron qué son castañas pilongas, llenaron la despensa de Tusto y comieron pastel de moras. ¿Qué más se puede pedir?

 Y naranja anaranjado… este cuento ha terminado, ¿os ha gustado?

Autor. María Jesus Blanco
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domingo, 16 de octubre de 2011

Conejita, Ranita y Pulpita se Divierten

Conejita, Ranita y Pulpita estaban jugando a ver quien llega antes....las tres echaron a correr, Ranita saltaba y saltaba... Pulpita corría con sus tentáculos y se tropezaba, pero Conejita corría y corría sin parar y llegó la primera a la piedra alta...

- He ganado yo, me toca a mí subirme en la nube que hay en la roca alta - dijo Conejita muy alegre.

Ranita y Pulpita se quedaron mirando con un poquito de envidia...saltar entre las nubes es lo que más les gusta a todas.

-Vamos no os quedéis ahí paradas, subid conmigo a la nube y saltamos las tres - dijo Conejita a sus amigas.

Empezaron a saltar de una nube a otra nube....salto, salto, salto....nube, nube, nube.....

-¿Bajamos al invierno? - Preguntó Conejita

-Siiiiiiiiiii - contestaron Pulpita y Ranita.

Se deslizaron entre las nubes hasta la nieve...rodaron y rodaron como bolas saltarinas, y cuando estaban abajo empezaron a hacer un muñeco de nieve con cara de conejo...y le hicieron unas orejas muy grandes. Pulpita le puso unas patas largas como las de los pulpos, y Ranita le puso ojos saltones como las ranas... quedó un muñeco muy raro jajajjaa pero muy divertido.

Volvieron a la nube y saltaron de nube en nube...salto, salto salto y bajaron otra vez. Esta vez bajaron al otoño.

Todo estaba lleno de hojas por el suelo; hojas marrones y amarillas, grandes y pequeñas.
Conejita empezó a saltar entre las hojas y se resbaló. Cayó patas arriba y las hojas volaron por el aire. Pulpita y Ranita se tiraron al montón de hojas y quedaron debajo, se revolcaron y las hojas sonaban y sonaban ¡que divertido es el otoño!

Después de un rato subieron de nuevo a la nube y saltaron nube, nube, nube y salto a la primavera. Cayeron en medio de un campo de flores multicolor. Conejita se hizo una corona de campanillas, Pulpita se hizo un collar de flores naranjas y blancas, y Ranita hizo una pulsera de flores azules ¡que divertido!

Subieron a la nube y salto, salto, salto....nube, nube, nube y bajaron al verano. Se encontraron en una preciosa playa llena de conchas y caracolas. Se encontraron unos cubos con gafas de sol para todas, una pala y un rastrillo.

-¿Hacemos castillos de arena?- Preguntó Pulpita

-Siiiiiiiiii - contestaron Ranita y Conejita

Cada una se puso a construir su castillo de arena y quedaron preciosos. Como hacía calor se bañaron en el mar para refrescarse. Ranita, Pulpita y Conejita jugaron en el agua toda la tarde, luego se subieron a la nube y salto, salto, salto hasta llegar de nuevo a la piedra alta. Habían saltado y jugado tanto que estaban cansadas y se fueron a casa a dormir. Se sentían felices de sus aventuras por las estaciones del año.

¿Cuál será su próxima aventura?

Y naranja anaranjado... este cuento ha terminado. ¿Os ha gustado?

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martes, 13 de septiembre de 2011

El Otoño


Dani se asomó a la ventana del salón de su casa, se quedó mirando a los árboles y vio que se les estaban cayendo las hojas. Se puso muy triste y fue llorando a la cocina, donde su mamá estaba cocinando.

-Mamíiii pobrecitos los árboles, se están muriendo, ¿Qué vamos a hacer sin ellos? – Dani lloraba con mucha pena por los árboles.

-¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras así? – le preguntó su mamá, que no entendió lo que Dani le decía.

-Los árboles…se están muriendo Me da mucha pena, se están quedando calvos… -Dani estaba realmente triste.

Su mamá que por fin entendió lo que pasaba empezó a reír:

-Jajaja no llores mi niño, no se están muriendo, lo que pasa es que ha llegado el otoño. –Explicó la mamá a su hijo.

-¿El otoño? Quieres decir que el otoño es malo porque deja calvos a los árboles. ¡Qué malo! En verano nos asaremos de calor sin hojas que nos den sombra. No me gusta el otoño.- Dijo Dani muy enfadado.

La mamá le contó que todos los años llega el otoño y las hojas se caen porque ya están viejas, de ese modo podrán volver a crecer hojas nuevas en la primavera.

-Además hay árboles que no pierden las hojas, se ponen de color rojo, otros de color naranja, marrones y amarillos. El otoño es muy bonito, empieza el cole, y nos prepara para el invierno. A mí me gusta mucho el otoño – terminó de contar su mamá.

-¿Y qué más cosas pasan en otoño? –preguntó Dani más tranquilo.

-Pues celebramos el día de Halloween que es muy divertido, nos vamos preparando para la Navidad. También dejamos la ropa de verano en los armarios y sacamos la ropa más calentita para no tener frío. A ver, piensa tu que más cosas pasan en otoño.- termina mamá.

Dani se pone la cara de pensar… y piensa ¿qué más cosas pasan en otoño?

-¡Ya lo sé! Hacemos cosas muy bonitas en el cole… la seño nos enseña cosas divertidas.- Dani ya no estaba nada triste, en realidad el otoño es bastante bonito.

-Además en otoño comemos castañas asadas, nueces y muchas frutas y verduras que nos hacen fuertes y grandes.- Dijo mami riendo.

-En el cole me han dicho que tengo que llevar hojas, para el mural de otoño - Dijo Dani - ¿quieres que salgamos a buscarlas?

-Claro cariño –contestó mamá.

En ese momento llegó su papá a casa y se fueron los tres a buscar hojas al parque, cogieron de varios tamaños y formas. Se fijó en los árboles y no le parecieron nada tristes, además ellos también necesitan descansar para estar más bonitos en verano.

Dani jugó con sus padres esa tarde, y todo gracias al otoño. Llevó las hojas al cole y se lo pasó genial pegando su hoja en el muro.

Y ya nunca más se puso triste en otoño, porque es una estación del año muy bonita y necesaria, que además nos trae cosas nuevas cada año.

Y naranja anaranjad, este cuento ha terminado... ¿os ha gustado?

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*Cuchu*

sábado, 20 de agosto de 2011

Espero volver a publicar pronto nuevas historias, mientras tanto os recomiendo que visitéis el blog de Antonio Gargallo... encontraréis literatura juvenil muy recomendable y de buena calidad.




Enlace al blog  >>>  Blog de Antonio Gargallo

¡Pero que a nadie se le olvide volver a visitarme!

Feliz verano a todos

domingo, 17 de abril de 2011

Penélope y María



Ilustración de Esteban Bayo



Penélope era una preciosa niña, que vivía en una gran casa, tenía los mejores juguetes, la ropa más bonita, los zapatos más caros y lazos de todos los colores para el pelo.
Siempre había tenido cuanto deseaba y era muy feliz. Sus fiestas de cumpleaños eran famosas por ser las más divertidas. Todos los niños querían jugar con ella. ¿Qué más se podía pedir?

Un día su padre llegó a casa muy triste y reunió a la familia para darles una mala noticia...

-Estamos arruinados- dijo mirando al suelo tratando de contener las lágrimas -tendremos que vender esta casa y todo cuanto poseemos... incluso tus juguetes Penélope. Las deudas son tan grandes que nos quedaremos sin nada.- Dijo mirando a la niña con gran pena.

La madre de Penélope la abrazó con cariño y mirándola a los ojos le acarició el pelo con expresión de tristeza. La niña miraba a uno y luego a otro sin entender muy bien lo que pasaba.
Su padre tuvo que vender todo, muebles, juguetes, ropas... todo. Se quedaron con lo justo y se fueron a vivir a una casa pequeña y vieja, en un barrio donde todo el mundo era muy pobre. Penélope dejó de recibir la visita de sus amigos, ya no tenía con quien jugar  y empezó a sentirse muy sola.

Empezó a ir a un colegío nuevo,donde no conocía a nadie. Observaba a los niños y niñas en el recreo... eran muy diferentes a ella y no se atrevía a decirles nada por si la rechazaban.
Una niña se le acercó muy sonriente...

-¿Quieres jugar?- le preguntó a Penélope.

- No tengo juguetes, no puedo jugar- contestó la pequeña con cara triste.

-No hace falta tener juguetes... ¿juegas o no?- dijo Vanesa, que así se llamaba la niña.

-Vale; pero no sé jugar sin juguetes- dijo Penélope preocupada.

Los niños del colegio le enseñaron a jugar al “pilla pilla” , al pañuelo, al escondite, etc., y se lo pasó en grande. Cuando llegó a casa se lo contó a su madre. Se sentía muy contenta y se había divertido mucho porque había conocido a muchos niños.

-Mamá han todos han querido jugar  conmigo y no les ha importado nada que no tenga juguetes.

Su madre cuando vio a Penélope tan contenta, sintió una gran alegría. Ver feliz a su hija era el mayor regalo del mundo. Cuando su padre llegó a casa, después de una dura jornada de trabajo, Penélope le contó lo contenta que estaba con su nuevo colegio. Su padre sonrió por primera vez desde que se arruinara.

Penélope iba muy contenta al colegio porque allí estaban sus nuevos amigos, y aprendió muchos juegos y canciones. Se sentía muy bien con su nueva vida y no echaba de menos nada de lo que tenía antes, ni siquiera a sus anteriores amigos.

Un día fue con sus padres al centro comercial y se cruzó con María, la que antes era su mejor amiga. Penélope se acercó a saludarla y la niña la miró como si no la conociera, marchándose sin decirle nada. Ella no entendía por qué María hacía eso y se dirigió con enfado a su amiga para saber qué había hecho ella de malo.

-¿Por qué no me hablas? Antes eras mi amiga, siempre he sido buena contigo- le dijo Penélope.

-Antes eras como yo, ahora eres pobre. No tienes juguetes, vives en una casa vieja y fea y ¿te has visto?, vas vestida fatal. Ya no me apetece estar contigo. No eres tan divertida -. Contestó con aires de superioridad María.

-No tengo nada de pobre- contestó Penélope -tengo muchos amigos, que me quieren de verdad, no necesito tener juguetes porque he aprendido a divertirme sin ellos. No necesito nada de lo que tenía antes... y soy muy feliz.- Y dicho esto se dio la vuelta con la cabeza muy alta y se agarró de la mano de su madre, contiendo las lágrimas, porque ella quería mucho a María y le dolió que la despreciara.

Pasaron los meses y llegó el verano. Penélope no volvió a recordar su anterior vida de niña rica. Incluso se alegró de ser pobre, porque se sentía valorada y querida por ser ella misma, y no por tener los mejores juguetes o la ropa más de moda.

Una mañana Sergio y Vanesa vinieron a buscarla muy alborotados, al parecer se estaban mudando unos nuevos vecinos al barrio.

-Están descargando muebles en la casa pequeña- dijo Sergio.

-Y yo he visto una niña de nuestra edad entrando a la casa- dijo Vanesa.

Los tres niños salieron a la calle a curiosear. Querían conocer a sus nuevos vecinos.
Una niña salió de la casa y Penélope abrió los ojos como si hubiera visto un fantasma.

-¿Qué te pasa? pareces un sapo con esos ojos saltones- dijo Vanesa al fijarse en la cara de su amiga.

La niña de la casa pequeña vio a Penélope y sintió tanta vergüenza que su cara se puso roja como un tomate.

-Hola María- dijo Penélope saludando a la niña.

María agachó la cabeza y se metió en la casa.

-¿La conoces?- preguntó Sergio.

-Si, antes era mi amiga... hasta que mi padre se arruinó y vine a vivir aquí. Después ya nunca quiso saber nada de mí.- contestó Penélope con tristeza al recordar el encuentro en el centro comercial.

En el barrio las tardes del verano eran muy divertidas. Todos los niños salían a jugar, mientras sus padres sentados en los bancos del parque charlaban de sus cosas. Penélope miraba la casa pequeña, esperando que María saliera a la calle; pero pasaban los días y la niña no salía nunca. Penélope empezó a sentir pena y preocupación por María, que seguramente prefería estar sola a pedir que la dejaran jugar. Pensó ir a buscarla, pero no se atrevió porque sabía que su antigua amiga era muy orgullosa y le diría que no. Tenía que pensar cómo hacer para convencerla.

María se pasaba las tardes asomada a la ventana mirando cómo jugaba Penélope. Estaba muy arrepentida de cómo se portó en el centro comercial, fue demasiado orgullosa al despreciarla por ser pobre... y ahora la pobre era ella. Al menos Penélope tenía amigos, ella ni siquiera eso. Se sintió una tonta por haber pensado que los pobres eran peor que ella. Ahora se daba cuenta de su error, porque ella no se sentía peor ahora que no tenía nada... seguía siendo la misma niña de siempre, sin juguetes, sin lujos; pero seguía siendo la misma María de siempre... y Penélope también era la de siempre ¡qué tonta fue al no darse cuenta de eso!

-Cariño... ¿Por qué no sales a jugar?, estoy segura que ahí fuera hay niñas que están deseando conocerte...- dijo su madre a María.

-No me apetece mamá... más tarde jugaré-  contestó la niña con un nudo en el estómago. Sentía tanta vergüenza de lo mal que se había portado con su mejor amiga, que prefería quedarse en casa.

-Está bien, si no quieres jugar no juegues, pero ahora mismo te vienes al parque conmigo, ya está bien de pasarse el día encerrada en casa-. Dijo su madre a la niña mientras la sacaba a la calle.

Penélope vio a María sentada en un banco con su madre y pensó que ese era un buen momento para intentar de nuevo hablar con ella.

-Hola María... ¿Quieres jugar con nosotros? Nos faltas tú para jugar al pañuelo- dijo Penélope guiñando un ojo a María y cogiéndola de la mano. Pensó que tratándola como si nada hubiera pasado, su amiga no tendría que pedir perdón por nada y tal vez así se animaría a jugar.

María en ese momento sintió un gran cariño y mucho agradecimiento por Penélope y decidió que debía pedir perdón, aunque no hiciera falta, porque su amiga ya la había perdonado.

-Penélope, quiero decirte que fui una tonta... por favor perdóname, he aprendido la lección. El orgullo no sirve para nada... bueno sí para hacer que me sienta muy sola y me quede sin mi mejor amiga-.

Las dos niñas se miraron a los ojos y emocionadas se abrazaron.

-Ahora tendrás muchos amigos María, ser pobre no es nada malo ¡todo lo contrario!, yo estoy más feliz que una perdiz jajajajaa- contestó Penélope más contenta que nunca.

Y María aprendió a jugar sin juguetes como hiciera Penélope meses atrás... también aprendió que no se debe despreciar a nadie porque las buenas personas pueden ser pobres o ricas, pero siempre son buenas personas. Comprendió que tener más juguetes o más dinero, no te hace mejor y que no tener dinero ni juguetes, no te hace peor. Pero sobre todo aprendió a valorar la amistad, que es la mayor de las riquezas.

y naranja anaranjado... este cuento ha terminado. ¿Os ha gustado?
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viernes, 8 de octubre de 2010

Duna y La Luna


En el patio de su nuevo colegio Duna se acercó a sus compañeras de clase; estaban hablando de sus mamás… ella no había comentado nada sobre la suya porque nunca había estado con ella. Por ese motivo era una niña reservada, que no solía hablar de sus cosas.

-Mi madre hace una tarta de ciruelas ¡de relamerse hasta los dedos!, mañana me voy a traer una para invitaros porque es mi cumple. ¡Os va a encantar! –contaba Berta relamiéndose.

-Qué suerte tienes; la mía es un desastre en la cocina jaja; pero me encanta ir con ella de compras ¡parecemos amiguitas! –dijo Noelia con cara de oso amoroso.

Duna no pudo evitar sentir envidia, sin embargo decidió hablar sobre su madre. Le apetecía que supieran lo especial que era… llevaba toda su vida escondiendo la verdad.

-Yo no puedo estar con mi madre, pero es la más hermosa de todas las madres – contesta Duna a sus amigas con orgullo y cierta melancolía.
S
us compañeras de clase se quedaron mirándola sin entender qué quería decir Duna. Le preguntaron por qué no podía estar con su madre.

-Mi madre es la Luna, por eso no puedo estar con ella. Tiene que estar en el cielo cuidando a las estrellas.

¡Jajajajjaa! Las niñas rieron pensando que Duna les estaba tomando el pelo.

-¿Qué es tan gracioso? –preguntó Duna enfadada por las risas de Berta y Noelia.

-La Luna es un satélite que da vueltas alrededor de la Tierra. No es una persona ¿acaso piensas que soy tonta? – respondió Berta con aires de sabionda.

-Es verdad lo que dice Berta. No está bien burlarse de las amigas Duna, si no quieres contar nada de tu madre no lo hagas; pero no esperes que nos dejemos engañar.- Dijo Noelia un poco molesta. No le gustaba que la tomaran por tonta.

-¡No estoy mintiendo! Si fuerais verdaderas amigas no dudaríais de mi palabra. Algún día os demostraré que digo la verdad. ¿No veis que mi pelo es casi plateado? ¿Por qué creéis que mis ojos son color azul noche y mi piel tan blanca? – Contestó Duna a punto de llorar.
Se sintió tan mal, que se fue a un rincón del patio, para no tener que hablar con nadie el resto del recreo. Empezó a pensar si no la estaría engañando su padre.

****
El dormitorio de Duna estaba decorado de forma muy sencilla. Una cama, una mesita de noche, un gran arcón lleno de juguetes, algunos estantes llenos de muñecas y en la pared que está frente a la ventana había un espejo, en el que se reflejaba la Luna por las noches. Justo al lado del espejo, había una mecedora, en la que estaba sentado su padre, como cada noche, a punto de leerle un cuento. Antes de que empezara a leer Duna le contó lo del colegio.

-Hoy mis compañeras de clase se han reído de mí por decirles quién es mi madre. Después, en clase se lo han contado a la señorita. ¿Sabes que ha pasado? Me ha dicho que tengo demasiada imaginación, y que sería mejor que fueras a hablar con el psicólogo del colegio. Papá me siento una tonta... La Luna es un satélite de la tierra; ¿cómo puede ser mi madre?, por qué me cuentas esa mentira. Prefiero que me digas la verdad aunque sea algo malo. Hoy se me ha pasado por la cabeza que mi madre me abandonó, y que te has inventado esa historia de la Luna para que no sufra. ¿Por qué no me dices la verdad? – Duna lloraba desconsoladamente mientras hablaba.

Su padre pensó que ya era hora de contarle toda la historia…

-Cariño no te cuento mentiras. La Luna es tu madre. Siempre ha estado enamorada de la Tierra. Soñaba con ser humana y cumplir su mayor deseo, ser madre; pero el Sol se puso celoso y siempre le decía que esperase un poco más. Harta de esperar a que el Sol le diera permiso, decidió convertirse en humana en cuanto fue Luna llena, requisito imprescindible para poder usar sus poderes. Aunque le estaba prohibido, ella desobedeció transformándose en una bellísima joven. Yo la encontré un poco desorientada a las afueras del pueblo y me enamoré de ella nada más verla. No sabía que era la Luna y ella tampoco me lo dijo. Viajamos juntos a lugares recónditos, visitamos China, Rusia, grandes lagos y mares; vivimos muchas aventuras por toda la Tierra; ella estaba deseosa de conocer nuestro planeta. Con el tiempo se enamoró de mí y nos casamos. Al año de nuestra boda naciste tú, preciosa Duna. Éramos los seres más felices del Universo.- Su padre sonreía, recordando cada momento, mientras iba contando a su hija toda la historia.

-Y mientras ella estaba aquí abajo, ¿cómo es que el Sol no se dio cuenta que no había Luna? – preguntó la niña cada vez más curiosa. Estaba fascinada con la narración de su padre.

-No se dio cuenta porque una pequeña estrella, a la que la Luna hizo un favor tiempo atrás, se ofreció para ayudarla... se transformó en una luna para ocupar el lugar de tu madre; pero eso no duró siempre, el día de tu primer cumpleaños, el Sol descubrió el engaño. Le ordenó que volviera a ocupar su lugar esa misma noche. En ese momento, tú madre me contó quien era en realidad. Suplicó que la dejaran aquí contigo; pero el Sol no le perdonaba el engaño, y como castigo le quitaron el poder de transformarse en humana. - El padre de Duna no pudo evitar las lágrimas al relatar la historia.

-Papi… ¿por qué no le hiciste una foto?, al menos podría verla como era.- Duna sentía tanta necesidad de conocerla…

-Cariño se las hice más de una vez; pero al ver las fotos todas estaban en blanco- el padre de Duna se limpió una lágrima que resbalaba por su mejilla. Besó a su hija y lanzó un beso a la Luna antes de salir de la habitación.

****
La pequeña Duna, como cada noche, miraba el reflejo de la luna en el espejo, su padre lo puso ahí para que su madre pudiera verla dormir. Se dormía soñando que algún día vendría a buscarla…
Esa misma noche ocurrió que la pequeña tuvo un sueño muy especial. Soñaba que se encontraba en un gran campo de amapolas blancas, miró al cielo y vio descender hacia ella a la mujer más bella de todas. Su pelo era de plata, su vestido blanco y vaporoso, “estoy soñando y nada de esto es real” pensada la pequeña en su sueño. La mujer le dio un beso en la mejilla y con una voz angelical le dijo:

-Sí, estás soñando, pero yo soy real, soy tu madre. Sólo puedo ser humana en tus sueños-.
La niña se abrazó con fuerza a su madre. Se sentó con ella entre las flores.

-Cariño tu padre me sueña cada noche, y me ha contado lo que pasó en el colegio. Ya tienes edad suficiente para que puedas verme cada noche, estaremos juntas y nos contaremos cosas. Seré tu madre en tus sueños. No sufras si se ríen, eres muy especial y no pueden comprenderlo, ¡cuánto daría por poder estar contigo durante el día!-.

La Luna abrazaba a su hija y le cantaba canciones de estrellas y soles. Duna se sintió feliz, la más feliz de las niñas. Por fin había conocido a su madre y se habían abrazado, y aunque fuera en sueños ella lo sintió como si fuera real.

A la mañana siguiente le contó a su padre el sueño…

-Mi niña cuánto me alegro, anoche en mi sueño hablamos sobre ti. Ahora podrás verla siempre que quieras mientras duermes.- Contestó su padre emocionado y contento.

La niña peinó su plateada melena que le recordaba a la de su madre. Esa mañana fue al colegio sonriendo, se sentía muy feliz y estaba emocionada.
Se puso en la fila sintiéndose orgullosa de ser quien era.

-Hola Lunita- saludó Fidel que estaba detrás de ella en la fila.
Duna no hizo caso al comentario del niño.
Berta y Noelia se le acercaron y le pidieron perdón por reírse de ella. Lo cierto es que sus amigas pensaban que Duna era un poco fantasiosa y mentirosilla; pero era una buena amiga y no querían que estuviera enfadada con ellas.
A Duna no le importaba lo que pensaran los demás, sabía que era una niña especial. Se sentía muy afortunada por ser hija de la Luna.
Hizo las paces con sus amigas y a Fidel le contestó:

-Me llamo Duna; pero si quieres llamarme Lunita puedes hacerlo, es un nombre que me encanta – y le sonrió con la mejor de sus sonrisas.

Fidel se sintió tonto y dejó de meterse con ella.
Ahora Duna se veía en sueños cada noche con su madre. Cada vez que se encontraba con ella le contaba las cosas que hacía durante el día. La Luna le contaba preciosas historias del cielo, le hablaba de planetas donde todo cambiaba de color constantemente. En uno de sus sueños la llevó al planeta de las mariposas, era majestuoso verlas revoloteando y formando bellísimas imágenes de colores. Cuando Duna tenía alguna duda, su madre le ayudaba, incluso con los deberes. Una vez su madre le presentó al Sol porque salió antes de que ella se retirase, en algunas ocasiones ocurre que se juntan el Sol y la Luna de madrugada. Cuando el Sol vio a la pequeña, le dio un beso en la mejilla. Duna le miró con enfado y preguntó:

-¿Por qué no dejas que mi madre esté conmigo?, todas las niñas necesitan estar con su madre. Yo siempre he pensado que eres bueno-.

-Soy bueno ¿acaso no lo crees así?-

-Ya no estoy segura, alguien que es bueno no prohíbe a una madre cuidar de su hija-.
El Sol se sintió tan mal, que aquél día amaneció muy nublado. Se sentía avergonzado con Duna...
****
Una mañana, la señorita dijo que debían llevar arcilla a clase, iban a preparar un regalo para el día de la madre. En el recreo Noelia le preguntó a Duna si pensaba hacer algo, ya que ella no tenía madre.

-¡Claro que tengo madre Noelia! Ya conté una vez que es la Luna –contestó Duna con firmeza.

-Si empiezas otra vez con tus mentiras me voy a enfadar contigo –dijo Noelia un poco cansada de las fantasías de su amiga.

-Está bien, vamos a dejar el tema.- Concluyó Duna haciendo caso de los consejos que le daba su madre.

Lo cierto es que Duna se sintió feliz de hacer un regalo para su madre. La semana se le pasó volando; no le contó nada a su padre, quería mantener el secreto. Hizo una luna preciosa, pintada con purpurina plateada; estaba segura que el regalo iba a sorprender a su mami querida.
El viernes les dieron el regalo para que lo guardaran en casa hasta el domingo.
Por la tarde Duna ya no pudo aguantar más y le contó a su padre el secreto. Sacó la luna de arcilla y se la enseñó.

-Cariño ¿cómo vas a entregársela?, no puedes meter el regalo en tus sueños- explicó su padre queriendo impedir que la niña se decepcionara al intentar llevar el regalo a sus sueños.

- Está bien, lo pondré pegado en el espejo, para que pueda verlo desde el cielo. Además soñaré que se lo entrego, así será como si lo diera el de verdad.- Al terminar de decir esto Duna lloró, porque se sintió decepcionada, a pesar de que su padre quiso evitarlo.
En ese momento entendió que nunca podría darle un regalo real a su madre… era un sueño, sólo un sueño cada noche. ¡Nunca podría abrazarla de verdad!

-Duna hija ¿por qué lloras?- preguntó su padre emocionado al ver las lágrimas de la niña.

-Es precioso soñarla cada noche papá… ¡Pero la necesito tanto! ¡Necesito que sea real! Quiero demostrar a mis amigas que no soy una mentirosa. Necesito a mi madre aquí con nosotros, verla de día, que me lleve al colegio, que me regañe; pero que sea cuando estoy despierta, que sea real…- y siguió llorando mucho rato.

Esa noche Duna se asomó a la ventana con su regalo en la mano… miraba a su madre, ¡tan hermosa!, ¡tan inalcanzable! Resbaló una lágrima de sus ojos, yendo a caer encima de la figurita de purpurina, la lunita de arcilla para su madre…
La Luna brilló más que nunca, como queriendo animarla.
En el sueño de esa noche su madre le preguntó:

-Mi vida ¿por qué llorabas en la ventana?-.
Duna le dijo que la necesitaba mucho durante el día…

-No eres real mamá, eres un sueño, ¡te necesito tanto!, quiero verte de día, como a cualquier otra mamá-.

La Luna sintió mucha tristeza por su hija. No sabía cómo consolarla. Pasó toda la noche abrazada a ella, cantándole hasta el amanecer.
Volvieron a encontrarse con el Sol y Duna le dijo con rabia:

-Eres cruel, todos los cuentos te ponen como bueno; pero no lo eres, ¡eres malo! ¡Me has quitado a mi madre!-.

La Luna le pidió disculpas y regañó a su hija por ser tan imprudente:

–El Sol siempre es generoso y bueno cariño; la culpa es mía por haber desobedecido, fui caprichosa y tú estás pagando las consecuencias-.

La niña pidió perdón al Sol y se abrazó a su madre un instante antes de despertar. El Sol volvió a esconderse entre las nubes, ¡se sentía tan culpable por el llanto de Duna!
****
El sábado su padre la llevó al parque de atracciones para animarla; su amiga Noelia la acompañaba. Prometieron no enfadarse más, Duna decidió no hablar de su madre y Noelia prometió no preguntarle más. Se lo pasó muy bien, montaron en todo varias veces, comió algodón de azúcar y muchas chuches más.
Estaba deseando que llegara la hora de dormir, para contarle todo a su madre en sueños.
Volvió a casa cansadísima y cargada de recuerdos de ese día. Después de cenar, pegó la lunita de arcilla en el espejo, así su madre siempre podría verlo, besó a la Luna que se reflejaba en él. Cuando por fin llegó la hora de acostarse, su padre le contó un cuento y se quedó dormida enseguida.
Esa noche empezó su sueño en una pradera junto a un lago. Se sentó a esperar a su madre, que tardó un buen rato en aparecer.

-¿Por qué has tardado tanto? Te echo de menos-.

La Luna estaba vestida con un traje de color plata y se había peinado con el pelo lleno de trenzas.

-Quería estar muy guapa para ti, a las doce de la noche  ha empezado el día de la madre. Quiero celebrarlo llevándote a un lugar muy especial-.
Duna quedó maravillada por la belleza de la Luna.

-¿A dónde vamos mamá?-.

Su madre la llevó volando a un rincón del cielo, donde se celebraba una fiesta para Duna y ella. La niña sacó de un bolsillo su regalo y dijo:

-Toma, este es tu regalo, el de verdad está pegado en el espejo de mi habitación-.
Se lo entregó dándole un beso en la mejilla. La Luna acarició su cara con un dedo y le sonrió.

-Duna, hoy es el día de la madre y estamos juntas, aunque sea en sueños, ¿No estás contenta?-

Lo pasó muy bien jugando con las estrellas.
Ese amanecer volvió a ver al Sol por tercera vez y le miró dolida por no poder tener a su madre como cualquier otra niña. Esta vez el Sol se acercó a ella y besándole la mejilla dijo:

-Pequeña Duna hoy te voy a demostrar que soy bueno- y guiñándole un ojo sonrió.

Duna despertó y el Sol lucía espléndido.
Se levantó contenta a pesar de que no tendría a su madre durante el día; cuando entró en la cocina casi se muere del susto. En la mesa estaba el desayuno y su padre estaba sentado junto a su madre. ¡La Luna en la cocina!

-¿Estoy soñando aún? –preguntó Duna bastante confusa.

-No cariño –dijo su padre- estás despierta, Luna cuéntaselo tú –dijo su padre radiante de felicidad.

La Luna le contó que el Sol sintió mucha vergüenza al verla tan triste y decidió perdonar a la Luna, buscando solución que fuera satisfactoria para todos. Durante la noche la Luna estaría en el cielo; pero en cuanto el Sol iluminara la tierra con sus rayos Luna podría ser humana hasta el anochecer…

-El Sol no ha podido soportar que una niña piense que es malo jajaja- rió Luna abrazando a su hija.

-Felicidades mamá, estás aquí conmigo en el día de la madre – gritó Duna abrazándose a su madre y a su padre al mismo tiempo-¡Mamá! Eres real… no estoy soñando.- Exclamó incrédula.

-¡Cariño!, a partir de ahora podré llevarte al colegio cada mañana. Ahora estaré contigo siempre-.
La niña se fue a buscar a sus amigas para invitarlas a una fiesta de pijamas esa misma noche, su padre la acompañaba, y convenció a la mamá de Berta y Noelia para que les diera permiso. Duna quería que conocieran a su madre.

En cuanto sus amigas llegaron a casa a dormir, Duna les contó que esa misma noche conocerían a la Luna en sus sueños, sus amigas no quisieron discutir otra vez y callaron.
Su padre preparó una cama en el suelo para todas.
Cuando todas dormían, soñaron que estaban las tres en un campo de amapolas blancas… del cielo bajó la Luna y se transformó en mujer. Berta y Noelia comprendieron entonces que Duna decía la verdad… Estaban maravilladas “¡Qué suerte tienes Duna!” dijeron sus amigas” Cuánto sentimos no haberte creído”. La Luna las llevó a un motón de sitios, les presentó a varios luceros, estrellas y hasta se subieron en un cometa… Aquella noche tuvieron el sueño más bonito de toda su vida.
Lo mejor llegó cuando amaneció el día, porque cuando las niñas fueron a desayunar, se encontraron en la cocina a la hermosa mujer del sueño...

-¡Eres real... eres la Luna!- dijo Berta con cara de alegría.

-¡Eres la mamá de Duna!, la Luna es la madre de mi amiga. ¡Cuando lo cuente por ahí nadie me creerá!-. dijo Nelia sin dejar de mirar a la Luna.

A partir de ese día sus amigas no volvieron a pensar que Duna era una mentirosa y se sintieron muy orgullosas de ser sus amigas.

Os podéis imaginar lo feliz que fue Duna desde aquél día…
Duna lloró de alegría, su padre lloró de alegría, la Luna lloró de alegría… hasta yo que escribí este cuento estoy llorando de alegría, y tú ¿también lloras de alegría?

…Y naranja anaranjado, este cuento ha terminado. ¿Os ha gustado?

(autor: María Jesús Blanco)
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