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viernes, 21 de agosto de 2009

El Trébol de Cuatro Hojas




Las Cuatro Hojas es un pequeño reino.....tan pequeño que está justo encima de un trébol de cuatro hojas que a su vez está en un gran campo de tréboles.




Según cuenta la leyenda un antiguo reino fue maldecido por una bruja que quiso casarse con el rey, y al ser rechazada, fue tanta su furia, que los condenó a todos a sufrir un ataque de tristeza cada vez que algún forastero pasara por allí. Era una maldición terrible, porque el reino era muy visitado; estaba justo en el centro de todos los reinados de la comarca. Y para más desgracia el comercio era muy fluido, en fin, que siempre estaban tristes porque siempre había alguien de fuera. El sufrimiento era insoportable y empezaron a pensar que jamás en su vida volverían a sentir otra cosa que no fuera tristeza.



El rey tenía en el jardín de su castillo un gran campo de tréboles, era su refugio desde la maldición. Siempre estaba allí derramando amargas lágrimas, día tras día. Ya no podía soportarlo más y mandó llamar al mago. Tenían que buscar algún remedio para tanto llanto.



El mago real le explicó que no podía deshacer la maldición de la bruja, porque era muy poderosa, pero se le ocurrió un hechizo para engañar a los forasteros.

- Se me ha ocurrido algo. Hay que hacer desaparecer vuestro reino majestad. Si nadie lo encuentra, dejaremos de tener visitantes, y entonces no volveremos a estar tristes -. Dijo el mago con los ojos llenos de lágrimas.

- ¿Cómo? Un reino no se puede esfumar de la noche al día- dijo el rey con tristeza.

- Lo haré pequeño… tan pequeño que nadie nos verá. Elige el lugar y esta misma noche haré el hechizo. Esperaré a que todos duerman-.Contestó el mago.

El rey no se paró a pensarlo y dijo - que sea aquí, en el campo de tréboles-. Se acercó a un trébol de cuatro hojas y señaló diciendo- justo aquí, encima de este trébol, eso nos dará suerte-.

Y así es como nació ese diminuto reino llamado Las Cuatro Hojas.

Los Comerciantes de los reinos vecinos se quedaban atónitos cuando llegaban al lugar y el reino no estaba allí. ¡Había desaparecido todo un reino sin dejar ni rastro! Se corrió la voz de que aquél lugar estaba encantado y nadie se atrevió a pasar jamás por allí, donde ahora sólo había un gran campo de tréboles.

El tiempo fue pasando… pasaron los años...pasaron los siglos…

Ya nadie recordaba que en aquél camino, donde estaban los tréboles, hubo un próspero reino, porque desde siglos atrás nadie pasaba por allí… por el lugar encantado.

Tito, un niño de ocho años y huérfano que vivía en el bosque, no sabía gran cosa de su pasado. Sólo recordaba y lamentaba que le criara una vieja bruja, muy mala, que le trataba bastante mal… Un día se escapó, y desde entonces siempre estaba escondido y no solía pasar más de un día en ninguna parte, no quería que la bruja volviera a encontrarle.

El bosque no era el mejor sitio para un niño, porque por la noche resultaba peligroso; pero Tito había tenido que aprender a sobrevivir. Eso era mejor que estar con la malvada bruja.
Un día se paró a descansar en un precioso campo de tréboles. Pensó que pasaría allí la noche.

- Este sitio me gusta....- dijo el niño un poco triste por lo solo que se sentía.

Al amanecer algo le hizo cosquillas en la oreja, pero se resistió a despertarse. Al rato volvió a sentir cosquillas y molesto abrió los ojos. - ¡Aaaaaaaaaaaaahhhhh! - gritó asustado. Algo muy pequeño se escondió entre los tréboles. Tito corrió detrás para no perderlo de vista y llegó hasta un trébol de cuatro hojas. Alargó la mano para cogerlo y ¡pim,pam,pum!

- ¿Qué pasa? ¿Dónde estoy?- dijo Tito con más miedo que vergüenza. Estaba tirado entre los tréboles, se levantó y empezó a mirar a su alrededor.

- Pero ¿qué sitio es este?-.

De pronto se encontraba en una ciudad preciosa, donde las casas tenían las paredes de nácar, las ventanas redondas, que en lugar de cristales, eran de miel caramelizada. Como siempre fue un goloso, no pudo resistirse y empezó a chupar los cristales de miel durante un buen rato. Después siguió fisgoneando, y se le abrieron mucho los ojos, al ver que las piedras de los camino eran perlas cortadas en trozos. Le pareció un lugar de cuento… un lugar encantado.

- ¡Que ciudad tan bonita! ¿Cómo habré venido a parar aquí?- exclamó con la boca abierta por la admiración.

- Ha sido el mago- le contestó un pequeño grillo

-¿Dónde estoy? -preguntó Tito un poco divertido, pues le gustaba mucho aquél sitio.

- Estás en Las Cuatro Hojas. Es un reino encantado para evitar un hechizo, y tu visita será el motivo de que todo el mundo vuelva a estar triste-. El grillo le contó al niño el maleficio que la bruja lanzó a su rey.

-Y como eres un forastero, la tristeza volverá a reinar en Las Cuatro Hojas-. Concluyó el grillo bañado en un mar de lágrimas.

- Pues no entiendo por qué me habéis traído aquí si es tan terrible para todos- dijo Tito sin comprender nada de nada.

- Estabas a punto de pisar el trébol de cuatro hojas, y nuestro reino está sobre él, teníamos que impedirlo ¿entiendes ahora? - le contestó el mago, que había escuchado toda la conversación del niño con el grillo.

-Vale pues deja que me vaya ¡y todos contentos!- contestó Tito sin muchas ganas de irse.

-Tienes que quedarte porque Las Cuatro Hojas es un lugar secreto, nadie que no viva aquí debe saber de nuestra existencia- concluyó el mago mirando con curiosidad al niño. Sin saber muy bien el motivo, ese muchacho le agradaba bastante.

Entonces el niño, que no tenía un pelo de tonto, le dijo al mago que tendrían que proporcionarle una casa y una familia, porque sólo tenía ocho años y necesitaba unos padres. El mago pensó que era lo justo y aceptó. Le llevó ante el rey y le explicó por qué aquél forastero se encontraba allí. Tito pasó mucho tiempo hablando con el rey. Le contó lo mucho que había sufrido en manos de la bruja, que resultó ser la misma que echó la maldición a su reino.

-De acuerdo te quedarás a vivir conmigo, serás mi hijo. Te educaré como a un príncipe- dijo el rey, notando ya una gran tristeza en su corazón

El niño se sintió tan feliz, que no pudo evitar un grito de ¡hurra! Y cuanto más feliz estaba él, más crecía la tristeza entre los habitantes de Las Cuatro Hojas.

Su padre, el rey, le colmaba de cariño, para compensarle por la maldad de la bruja, que tanto maltrató a Tito. El niño rebosaba felicidad; pero con el paso de los días eso fue cambiando…

Cuando salía a jugar con los amigos, no podía divertirse porque estaban tan tristes, que aparte de llorar no les apetecía hacer nada. Tito hacía el payaso tratando de hacerlos reír; pero era en vano. Y cuando intentaba animar a su padre, sólo conseguía hacerle llorar más y más… El pobre niño empezó a sentirse el culpable de tanta pena y dejó de estar alegre.

-Hijo, últimamente te encuentro muy serio, ya no te ríes y eso me preocupa. Eres el único capaz de sentirse contento en todo el reino, por favor no pierdas esa alegría que es lo mejor que puedes darme-. Suplicó el rey a Tito, pues no soportaba ver triste también a su hijo, al que tanto quería desde que llegó.

-Papá, tengo que marcharme de aquí, no puedo soportar que todos sufran. Sólo si me marcho volveréis a ser felices.

El mago que estaba cerca, escuchó todo y decidió hablar con el rey. Le dijo que Tito estaba en lo cierto… si no le dejaba marchar, todos morirían de tristeza. El rey lloró amargamente porque no quería perder a su hijo.

-Le buscaré un buen hogar majestad, no volverá a ser un niño abandonado, y será feliz-. Dijo el mago, intentando consolar un poco al rey más triste del mundo.

Tito le dio la razón al mago, convenciendo a su padre para que le dejara irse de Las Cuatro Hojas. Le dijo que un rey se debe a su pueblo, y que debe hacer lo que esté en su mano para que todos sean felices.

-Está bien, mañana cuando salga el sol, nos reuniremos todos en las puertas del palacio, tendrás una despedida con todos los honores de un príncipe- concluyó el rey entre sollozos.

-Yo me encargo de avisar a la gente-. Dijo el mago cada vez más entristecido.

Esa noche fue la más dura para el rey desde que vivía en Las Cuatro Hojas, y la más triste en la vida de Tito.

Al amanecer todos estaban reunidos frente al palacio, más apenados que de costumbre, porque querían mucho a ese niño, que era tan bondadoso y que renunciaba a ser príncipe y a su padre con tal de que dejaran de llorar.

Cuando cada uno de sus amigos y vecinos se había despedido de él, con palabras de cariño y abrazos, Tito se echó a llorar desconsoladamente diciendo: nunca me olvidaré de Las Cuatro Hojas, porque este es mi hogar y vosotros sois mi familia…

… este es mi hogar…

Al decir estas palabras, Tito sin saberlo, había dejado de ser un forastero… era uno más entre los habitantes del reino.

El rey notó que su tristeza empezaba a desaparecer… los vecinos se miraban sonriendo unos a otros ¡y de repente comprendieron!

-Acabas de romper el efecto del hechizo- dijo el mago –si te sientes parte de nosotros, y nosotros te sentimos del pueblo ¡ya no eres un forastero! Ya no tendrás que marcharte, todos volveremos a sonreír felices de tenerte para siempre-. Explicó el mago, sintiendo cómo la felicidad volvía a entrar en su corazón.

Pero Tito seguía llorando, eso sí, de alegría…

Todo el mundo en Las Cuatro Hojas volvió a estar alegre. El rey nunca había sido tan feliz como ahora y Tito pensó que era un sueño.

Pudo jugar con sus amigos, que se sentían alegres, y se divertían mucho con él. Pudo disfrutar de ver a su padre riendo sin parar con sus payasadas y jamás volvió a sentirse un niño abandonado y solo.

Las Cuatro Hojas había ganado a la bruja.

Y naranja, anaranjado, este cuento ha terminado… ¿Os ha gustado?

*Cuchu* Agosto / 2009 / Safe Creative #1105049138703

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