
Algo muy raro estaba pasando en el pueblo de Paula. En la fábrica de lana había un contenedor donde tiraban las madejas de lana con nudos, o rotas; los habitantes del pueblo solían recogerlas para hacer alfombras o mantas, pero... un buen día se encontraron con el contenedor vacío. Los trabajadores de la fábrica corrieron la voz de que alguien las había robado. Había un ladrón suelto llevándose toda la lana que tiraban.
-¿Para qué querrá tanta lana ese ladrón?- decía la mamá de Paula
-¿Lo meterán en la cárcel mami? - preguntaba Paula muy interesada.
-No pequeña, en realidad no roba nada. Esa lana no pertenece a nadie y lo mismo que la cogíamos nosotros, puede cogerla cualquiera- explicó su mamá.
-¿Entonces por qué le llaman "el ladrón de lana" en el pueblo?- preguntó la niña.
-Puede ser porque quien se la lleva está siendo muy egoísta, no deja nada para que lo aprovechemos el resto- contestó mamá.
Una mañana corrió la noticia de que el ladrón ya no estaba en el pueblo. Hacía una semana que no desaparecía lana. Nunca más se supo de aquél curioso ladrón.
Un domingo por la mañana Paula encontró unos regalos en la puerta de su casa, envueltos en papel blanco con lunares de colores. Había uno para ella, uno para papá y otro para mamá. Los abrieron intrigados, no era el cumpleaños de ninguno, ¿quién se los habría enviado?
-¡Mami mira qué bufanda tan bonita, lleva mis colores preferidos!- dijo Paula entusiasmada.
-Vaya! a mí también me han regalado una bufanda preciosa y a papá- contestó mamá mirando las bufandas muy contenta.
En el pueblo todo el mundo había recibido una bufanda envuelta en papel de regalo... ¡Qué misterio!
Paula se puso la bufanda nueva para ir a clase y se sentía muy feliz. Todos en el pueblo se dieron cuenta que al ponerse la bufanda, les invadía un sentimiento de alegría y bienestar. Las bufandas tenían magia...
Llegó la Navidad, y como todos los años, los niños llevaban los juguetes que no usaban a La Cueva del Sol; los mayores dejaban las cosas que no utilizaban... ropas de invierno, zapatos, mantas, alimentos; era una costumbre que tenían desde el principio de los tiempos, sabían que todas esas cosas irían a parar a personas que las necesitaban.
El día de Navidad, todos se reunían en la plaza del pueblo por la tarde, para cantar villancicos. A Paula le encantaba ir, además pasaban parte del año ensayando las canciones en clase de música, y ese día se lucían delante de los padres. Cuando terminaban de cantar los villancicos, empezaba el rito de los agradecimientos; las personas que tenían algo que agradecer, se subían al escenario y daban las gracias públicamente, era una costumbre muy bonita que les hacía sentir bien. Subió al escenario una señora muy guapa, a la que nadie conocía... todos quedaron en silencio.
-Hola a todos... no soy del pueblo, pero os debo mucho y quería daros las gracias por todas las cosas que vais dejando en La Cueva del Sol. Esas bufandas que lleváis, las han tejido personas a las que habéis ayudado con vuestra generosidad, yo les llevé la lana y espero que os hagan muy felices- dijo la señora sonriendo.
Cuando bajó del escenario, todo el mundo se acercó a ella y como por arte de magia desapareció entre la gente. Paula no la olvidó jamás, y cuidó su bufanda toda la vida.
En el pueblo de Paula eran muy generosos y recibieron su recompensa... algún día tú recibirás la tuya.
Y naranja anaranjado, este cuento ha terminado... ¿Os ha gustado?
*Cuchu*